SOCIEDAD

10 de mayo de 2018

La vida los privó de caminar, ellos se abrieron paso en la adversidad

“Hay quienes creen que tengo mala suerte. Yo me siento un afortunado”, le dice a El Intransigente el cordobés Gustavo Fernández. “Dejé el cuerpo que me tenía preso para convertirme en un deportista de alto rendimiento”, cuenta Juan Maggi

Dolorido, cansado y necesitado de oxígeno, la noche anterior a hacer punta en la montaña de Kardung (India), en el Himalaya, un camarógrafo que formaba parte del equipo documental le preguntó por qué estaba ahí, para qué. “Porque a eso vine y mientras no ponga nada en riesgo lo seguiré intentando”, respondió Juan Maggi, entonces de 52 años. Al día siguiente, 3 de agosto de 2015, cumpliría su objetivo de terminar de escalar los casi 5.500 metros de altura. Lo hizo con su bicicleta adaptada. Hasta 2012, cuando se colocó unas piernas biónicas, nunca había caminado. Desde entonces hizo de todo. Repasemos: cruzó la cordillera de Los Andes a caballo, corrió el maratón de New York, practicó salto hípico y hasta creó una fundación a su nombre. Tiene 55 años y no deja de entrenar ni de planificar. A fin de año, si puede, viajará a África junto a un grupo de profesionales que planean vacunar contra la poliomielitis. La enfermedad por la que, al año de nacer, quedó “preso” dentro de su propio cuerpo, como dice. La enfermedad que le generó discriminaciones y dependencias. Pero también la que le dio el impulso para hacer cosas que desde cierto punto de vista pueden considerarse imposibles.

Se casó, tuvo hijos, se separó, tuvo más hijos. Ignacio (28 años), Camila (26), Amparo (18), Catalina (16) y Sara (8). A los 37 padeció un infarto. A los 39 decidió que tenía que hacer algo para cambiar su vida y encontró la respuesta en el deporte. Primero ganó en Rosario como preparación para New York. Compitió además en Mendoza, Los Siete Lagos, Barcelona, Miami, Roma y Buenos Aires. Hoy juega golf, tenis, básquet y hace ski adaptado. “La mejor decisión de mi vida fue hacer deportes”, le dice a El Intransigente desde su Córdoba natal.


 
“Creo que la discapacidad está cambiando conceptos y me siento una pionero en esa transformación”, dispara luego de contar que le llegan historias de gente en condición similar a la suya: “Historias que nos ayudan a encontrar sentidos diferentes a la vida”. De hecho, se considera un deportista de alto rendimiento.

El mejor tenista

Nacido también en Córdoba hace 24 años, Gustavo Fernández llegó el año pasado a ser número uno del mundo en tenis adaptado. Empezó con una silla de ruedas precaria que mejoró con el tiempo. No deja de viajar a Europa para disputar torneos. Allí se codea con los más grandes: Roger Federer, Rafa Nadal y Novak Djokovic, quien una vez detuvo su entrenamiento sólo para saludarlo. “Antes me los cruzaba y me sentía como un nene en Disney, pero ahora me acostumbré: todos vamos a trabajar”, dice Fernández. Tenía un año y medio cuando sufrió un infarto de médula que lo paralizó de la cintura para abajo. Hasta entonces caminaba como cualquiera de su edad. Lejos de quedarse en la queja, junto a su familia le dio para adelante y se propuso hacer lo que más le gusta: deportes. Hizo básquet, fútbol, golf y natación. De chico, su abuelo Lalín le adaptó una patineta. Tenía 6 años cuando se le ocurrió que quería jugar al tenis y empezó, dos años después, a pelotear contra el frontón del club 9 de julio, de Río Cuarto. A los 12 vino a Buenos Aires para incorporarse a la Asociación Argentina de Tenis Adaptado.

“Caminar no me cambiará nada. Mi vida va a ser lo que yo quiera que sea. Esa es la esencia. Tengo una vida que no sé si la hubiese logrado a los 24 años caminando. Soy campeón panamericano, practiqué los deportes que quise, viajo y me dedico al tenis”, dice. Y después: “Lo de caminar fue más tema de mis viejos, que pensaban que me iba a hacer mejor. Pero a medida que crecí me di cuenta de que podía tener una vida normal. A los 11 años les dije que no quería hacer tratamientos. Había una posibilidad con células madre. Les dije: ‘No me interesa, soy así, está bien, estoy bien y va a estar bien. Tengo mi vida normal y no tengo ganas de hacer otro tratamiento. Ya hice muchos’. Ellos lo aceptaron”.

Dice también: “Hay quienes creen que tengo mala suerte pero me siento un afortunado. Me dicen ‘dale para adelante’, como creyendo que soy sufrido. Sé que algunos me tienen lástima. Pero no recuerdo, salvo cuando murió mi abuelo, haber pasado nada sufrido. Y lo que sufrí no estaba relacionado con mi discapacidad. Fui un pibe feliz. Lo único que lamento es que mis viejos hayan sufrido esta situación, porque habrá sido muy duro para ellos hasta que lo asumieron. Pero hace rato que el tema está desterrado para todos”.

El deporte tiene cientos de facetas. Una de ellas es la de la integración. Encargado de la Fundación Jean Maggi, el cordobés le dice a El Intransigente: “Estoy convencido de los beneficios que tiene el deporte, sin importar limitaciones o discapacidades. Por eso emprendí una fundación que tiene por objetivo promover el movimiento en niños y jóvenes con discapacidad motriz y brindar elementos necesarios para su práctica, como sillas de ruedas adaptadas y bicicletas de mano”.

Por eso Maggi destaca que el mejor logro de su carrera no fue subir al Himalaya o superar otros desafíos. Su referencia es su primer maratón de New York: “Porque dejé el cuerpo que me tenía preso para convertirme en un deportista de alto rendimiento”.

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